Taberna Casa Benito León

 

Crónica de las Tabernas Leonesas

Por Francisco UMBRAL

 

"CASA BENITO", ATENEO DEL MUS

 

 

 

 

En el más distante ángulo de la plaza Mayor, aquél donde se abren las escalerillas que bajan a la leo­nesa calle Puerta del Sol, encontrará usted "Casa Benito" . Las escalerillas, estrechas, empinadas, suicidas, descienden bajo la Santísima Virgen que hay en la hornacina, encomendadas a ella para no romperse la crisma.

Poro nosotros no nos aventura­rnos allá abajo, que donde el com­padre me trae—vaya usted a saber por quién trae a quién, y puede que a los dos nos traiga el vino—es a "Casa Benito", que he llamado Ateneo del Mus por muy meditadas razones  que luego se sabrán. Puede que el edificio sea del siglo XVII, puede que "Casa Beni­to" lleve aquí sus cuarenta y tantos años, puede... Alfredo, el hijo del señor Benito, que en gloria esté, con Eduardo Santos y tantos otros, no tiene muy buena memo­ria para estas cosas. Pero sí buena voluntad, y cada poco entra a preguntar. Entra del mostrador a la trastienda.

—¿ Y años, cuántos llevaréis aquí ?—pregunta el compadre.

—De toda la vida.

 

La taberna, quizá tenga un si­glo. Primero — ; ustedes se acuer­dan?— fue la tasca del Rito. Alfre­do ha andado mirándolo en la escritura de traspaso. Por los papeles anda también e! nombre de don In­dalecio Llamazares, a quien quizá le compró su padre el inmueble. Su padre, el señor Benito, que ya dos años hace nos dejó a todos. La ma­dre anda, viejecilla y de cara gordita, por la remota cocina, de la que siguen saliendo los antiguos guisos, aunque el aceite sea otro, como bien dice el Alfredo. Corno Jesús, el hermano casado, es pes­cador de vocación, lo que mejor te sirven en "Casa Benito" es la tru­cha fresca, el pez bien preparado. Jesús y Alfredo Méndez Blanco —"Casa Benito”— trabajan también los callos picantes, a más de caza y pesca, perdices y truchas.

 

Techo bajo, forma rectangular, mesas y bancos de madera, largos, viejos, gastados. Así es "Casa Benito, Ateneó del Mus. Partidas de tute y mus, aunque no muchas, a las que el compadre y un servidor se asoma  como sin querer, por ver quién las cantaba. Algún cartel de toros y flamenco.

 

—¿ También   los  toros,  Alfredo?

 

También le gustan los toros. Pero lo suyo es el fútbol. Hay dos comedores, y uno de ellos, con lavabo —en el otro hay una máquina de coser—, es el consabido vestua­rio de los olímpicos en camiseta que a veces compiten en la plaza Ma­yor. Fotos de los equipos modestos. Copas pobres, recuerdo de embarulladas competiciones por ba­rrios. Lo suyo son los modestos. Alfredo —ustedes lo saben— se lle­ve al estadio un auditorio de ciegos y les radia directamente los partidos. Algo más que ardor fut­bolístico ve uno ahí. Cómo se humaniza en ese gasto la pasión cernícala de los balompédicos. Pero no nos exaltemos, compadre, que no es por ahí.

 

—¿Qué hay de Polo Paniagua?

 

Polo Paniagua se dejó barba de chivo para ganar mil pesetas en una apuesta. «¿Ustedes se acuerdan? Es solterón, con muy arriba de cin­cuenta, que sabe de mus y aquí jue­ga la partida.

 

—¿ Y el pequeño Vicentín ?

 

Vicentín era relojero de buenos relojes y ahora rifa tabaco por las barras. Vicentín —cuatro cuartas de persona— a veces rifa un reloj.

“Casa Benito" tiene su laberíntica bodega, rascando por un lado las murallas que dan a lo que hoy lla­mamos Caño Vadillo. Pero torne­mos a la superficie. Recordemos al difunto Eusebio Bardal, de profesión sastre, que tanto contribuyó, con su buen saque, a que "Casa Benito se convirtiera en el Ateneo del mus. Ahora hay otro sastre de buenas costuras, que mantiene el pabellón. ¿ Será el mus cosa de sas­tres? Miguel, el vendedor de periódicos, también tiene aquí su diaria partida con el propio Alfredo.

En un corro de mus tararean "Comunicando". ¡Qué cosas...! Cuando la reforma —porque aquí ha habido reforma, como en la Iglesia de Occidente-— le pusieron hasta calefacción a "Casa Benito". Alfredo, que es hombre viajado, se trajo una vez de Aracena, provin­cia de Huelva, un cartel de turis­mo con la gruta de las Maravillas. El compadre, que casualmente es de Aracena, provincia de Huelva, se embebe con el cartel y dice que eso sí que le recuerda cosas, y que le dejen a él de Valdeporqueros.

—Es antiguo el reloj, ;eh, Alfredo?

—De toda la vida.

—¿ Siempre se ha jugado aquí al mus, Alfredo?

—-De toda la vida.

Alfredo, joven, ancho, sonriente, soltero, vive entre cosas de toda la vida. Alfredo, que debe tener un tanto confusa la memoria histórica, siempre contesta de "de toda la vida", Alfredo no quiere cobrarse las sardinas con vino. Al compadre, que hoy estaba convidado, le ha sa­bido mal que no le cobren las sardinas con vino. Cuando ya salimos, uno, que siempre anda rezagado, se atrevió a preguntarle al compadre: —Oye, ¿ y es muy difícil eso del mus ?

 

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Del libro: Crónica de las Tabernas Leonesas de Francisco Umbral

 

 

 

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