ERMITAS Y ANACORETAS

         EL VALLE DEL SILENCIO

 

 

Nuestro recorrido, siguiendo el Camino de Santiago, nos lleva a Foncebadón, donde un anacoreta llamado Gaucelmo consiguió  no pagar impuestos por su labor de atención a los peregrinos. Por estos lugares de altos montes y frondosos y angostos valles nos iremos adentrando en un mundo de pequeñas cuevas al servicio de anacoretas retirados en busca de paz espiritual. Se dice que hasta 2.000 monjes llegaron a repartirse por estos parajes.

Refugiados en estos montes durante la época visigoda, constituyeron justificadamente, lo que se ha dado en llamar la "Tebaida Berciana", con una segunda época de esplendor en el siglo X.

De todos ellos sobresalió un descendiente de familia regia goda: San Fructuoso, principal impulsor de estos lugares, fundando el monasterio de Compludo, dedicado a San Justo y Pastor. Más tarde el de Montes, lugar al que se trasladó hacia la segunda mitad del siglo VII.

 

 

Hoy se llega a Compludo por una empinada y tortuosa carretera que sale hacia la izquierda, al final del pueblo del Acebo, al que hemos llegado desde Foncebadón. Del antiguo monasterio no queda nada, pero podemos visitar una curiosa herrería, que aún funciona de forma machacona y con gran estruendo por medio del agua, y cuyos orígenes parece que se encuentran en el siglo VII.

Quedan en estos lugares la paz que buscaban los anacoretas, el valle estrecho y de vegetación cerrada y varios pueblos parados en el tiempo son visita obligada.

Desandamos el camino, volvemos a la carretera del camino Francés, y cruzando Riego de Ambrós llegamos a Molinaseca. Pueblo donde podemos reposar y pasearlo tranquilamente para ver su puente de Peregrinos y sus casas blasonadas, si es posible es interesante hacer un recorrido por sus bodegas, merecerá  la pena. Llegamos a Ponferrada y antes de entrar en la ciudad, tomamos  la desviación hacia el Valle de Valdueza, por donde discurre el río Oza que da origen a su nombre. Estamos ante la puerta del corazón espiritual de la "Tebaida". En estos parajes la historia y la leyenda van unidos, y los cuélebres y los santones comparten cuevas según la narración. San Esteban, Valdefrancos y San Clemente, encajados en el valle, con curiosa, y digna de admirar, arquitectura rural. De inmediato comenzamos a subir, y en la primera y única desviación hacia la derecha llegamos al pueblo de Montes, escondido entre castaños  centenarios. Fundación de San Fructuoso sobre un posible asentamiento militar romano, para la protección de los canales de agua para "las medulas", se perdió en el olvido en los tortuosos siglos de conquista árabe y fue vuelto a refundar por San Genadio, Obispo de Astorga, y segundo gran promotor del eremitismo por estos parajes en el siglo IX. La iglesia y monasterios actuales son del siglo XII y su abandono y reutilización como huerto en la parte del claustro, le dan un aspecto que le hacen dudar a uno entre el deseo romántico de que prosiga como ruina y la sensación racional de una clara intención de que sea restaurado.

Volveremos hacia atrás, y en el cruce nos adentramos en el sagrado, ya en el nombre, Valle del Silencio. Llegamos a un pueblo pobre, pero de encantadora arquitectura, casas viejas de piedra y pizarra. En medio del mismo, la sorpresa de la arquitectura de mayor lujo: sencilla y magnífica, la iglesia del antiguo monasterio de Peñalba, mozárabe al igual que San Miguel de Escalada, cerca de León. Su traza interior y su impresionante puerta de acceso, con columnas de mármol y arcos de herradura, nos hermana con el lugar en que se enclava. Atrás queda olvidada la tortuosa carretera que nos conduce a la misma. Fue un discípulo de San Genadio quien mando construirla y no es suficiente una sencilla mirada para captar toda la belleza que contiene. Sin duda, la vida anacoreta y el paisaje donde se sitúa ayudaron a elevar el espíritu de sus constructores, y de ello es su fiel reflejo. Solamente un camino conduce a las numerosas cuevas que estuvieron ocupadas por los eremitas, y lo hace a la principal de todas ellas: la de San Genadio, pequeña y sobria, su máximo interés se encuentra en la espiritualidad del lugar.

Toda esta actividad monacal no quedaría encerrada, en estos lugares y, en siglos posteriores. El Bierzo se pobló de monasterios hasta llegar a los cuarenta, repartidos por toda la comarca.

 

 

 

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