PUEBLO DE OLIEGOS DE VILLAMECA LA CEPEDA LEÓN

En 1945 todo el pueblo de OLIEGOS (comarca leonesa de La Cepeda) fue trasladado a la fuerza en un tren de treinta vagones a la finca de Foncastín, municipio de Rueda (Valladolid). La construcción del pantano de Villameca forzó la “emigración” de más de ciento cincuenta personas a Foncastín. Hoy la tremenda belleza de los parajes de Oliegos parecen reclamar a sus hijos para que vuelvan a contemplar la tierra de sus antepasados. Desde aquí propongo que Foncastín haga justicia a la historia y complete su nombre con el “de Oliegos” (Foncastín de Oliegos). En la provincia de León hemos conservado el origen de los pobladores de muchas de nuestras tierras, llamándose las poblaciones Castellanos, Gallegos, Galleguillos, Bercianos, Toledanos, Puebla de Lillo (de Lillo, de Toledo), Navianos (de Navia), Asturianos, etc… Oliegos ya se cita en documentos del s. XIII. Para completar la historia de Foncastín, sugiero leer la página web de Oliegos … Ahí queda mi propuesta y mi dirección de correo para quien desee hacerme sus comentarios: victor.ferrero@ipasociados.es

http://www.pueblos-espana.org/castilla+y+leon/valladolid/foncastin/

 

Viaje a Oliegos

Tomás Álvarez

(Artículo publicado en el Diario de León. Noviembre de 1999)

El nombre de Oliegos ya aparece en el siglo XII, cuando los vecinos dotaron ampliamente una iglesia
y la cedieron al Obispado de Astorga.
Éste les concedió un clérigo para hacer los oficios religiosos, y les impuso la contribución de diezmos,
con dependencia de la iglesia de Santiago, en Palaciosmil:  “decimas et primicias cum omnibus
directuris eclesiae pertinentibus praefectae ecclesiae Sancti Jacobi de Palaciomir fideliter offeratis”.

El nombre de Oliegos ya aparece en el siglo XII, cuando los vecinos dotaron ampliamente una iglesia
y la cedieron al Obispado de Astorga.
Éste les concedió un clérigo para hacer los oficios religiosos, y les impuso la contribución de diezmos,
con dependencia de la iglesia de Santiago, en Palaciosmil:  “decimas et primicias cum omnibus
directuris eclesiae pertinentibus praefectae ecclesiae Sancti Jacobi de Palaciomir fideliter offeratis”.

Pero Oliegos ya debía tener entonces muchos siglos de existencia.
Su nombre tiene resonancias prerromanas. Tal vez derive de una partícula ol, que tendría un
significado de fluir, de donde ha llegado el uso de la palabra olla, en diversos lugares de Occidente
como lugar profundo con agua, e incluso barranco encajonado en el que fluye una corriente, como
es el caso del río Valle en las inmediaciones.
Una segunda posibilidad sería la de un origen vinculado a leuco, que en latín tardío significaba baldío.
En catalán llecol sigue siendo terreno pizarroso e inculto, y en el diccionario castellano de María Moliner
también aparece liego como erial.
Finalmente, la vinculación más hermosa sería con la palabra coleiegus divinidad indígena astur detectada
en el Bierzo.

Sea cual sea el origen, aquel pueblo que en siglo XII quería tener su propia iglesia fue creciendo en
un bellísimo rincón de la Cepeda, hasta que un fatídico sino truncó su existencia secular.

Hace ahora cincuenta y siete años, los hombres de Oliegos recogían su ultima cosecha de centeno,
y estaban ya apilando aperos y utensilios para su égira hacia el sur. La construcción del Pantano
de Villameca les obligó a desalojar el valle. En el amanecer del 28 de noviembre de 1945 dejaron
su otero, apostado en la solana de una montaña pizarrosa, y emprendieron camino hacia Valladolid.
Desde aquella madrugada en que los de Oliegos se subieron a un tren de 30 vagones, estacionado
en Porqueros, quedó en nuestras carnes –incluso en las carnes de quienes aún no habíamos visto la
luz— el dolor por la forzada ausencia, un dolor que aflige a los cepedanos cada vez que se oye el
nombre del pueblo.

¿Cómo era Oliegos?. En el catastro de Ensenada, en el siglo XVIII se nos presenta como lugar
perteneciente al señorío de la marquesa de Astorga; tierra de ferreñales (cultivos de forraje) prados
de regadío y secano y tierra montuosa de abundantes urces. Sus ,  producciones básicas eran centeno
y hierba. Contaba con numerosas colmenas y ganado vacuno, caballar, cabrío y de cerda. Entonces
habitaban allí 21 vecinos, en 36 edificaciones.
Existían 10 molinos y una taberna. Atendían al lugar dos clérigos. Los lugareños pagaban a la iglesia
diezmos, primicias y voto de Santiago, tributos que se repartían con la Encomienda de San Juan.
El Común disponía de 200 reales para el Corpus y algo más para letanías. A la marquesa de Astorga
se le pagaban 183 reales por alcabalas, y a las Arcas 99 reales por el impuesto de cientos, 180 reales
por sisas, 59 reales por servicio real y 49 por utensilios.

Casi cien años más tarde, según datos del Diccionario de Madoz, el lugar había progresado. Habitaban
allí 34 vecinos, 146 personas. A su producción anterior habían añadido otro producto básico: la patata.
El Diccionario indica que también que se criaban ganados y se daba la caza, describiendo al lugar como
sano y de excelentes aguas potables.
Tras aquel censo, Oliegos siguió creciendo lentamente cien años más, hasta su final.

Este año al no haberse llenado el pantano de Villameca, es muy fácil descubrir los restos de Oliegos
en la parte posterior del embalse.
Quedan perfectamente dibujadas las calles, los planos de las casas, e incluso se descubre fácilmente
el espacio alargado de su vieja iglesia

Al lado del pueblo se detectan los molinos, los cierros de los prados, los puentes y la magnífica
calzada que proseguía valle arriba en dirección a Los Barrios. En un paisaje solitario, bello y
melancólico.
Se puede llegar allí dando un largo paseo por el borde del pantano, siguiendo la orilla del agua,
en dirección al río Valle. También se puede acceder fácilmente desde Palaciosmil, por una hermosa
ruta practicable en automóvil.

Merece la pena pasear entre las laderas del valle, descubrir las obras de ingeniería de los viejos
caminos cercanos a la corriente de agua, escuchar la maravillosa sinfonía del agua y de los pájaros
en un paraíso para unos perdido y para otros hallado… Y luego, de vuelta al caer la noche, parar
en alguna de las tabernas de Villamejil a combatir la melancolía con un excelente pulpo a feira,
unas sopas o una sencilla chuleta de ternera de la tierra con patatas de la tierra.
A la melancolía hay que combatirla en las fraguas del estomago.

No obstante, al avanzar hacia el sur por la carretera de Pandorado, en dirección a Astorga, tal vez la
añoranza nos vuelva a inundar, una añoranza como la de Augusto Quintana, quien al ver la égira de
los de Oliegos escribió:

 

EN MARCHA
Yo vi, a la clara luz de la mañana,
tibia y rosada, de incipiente invierno,
fornidos hombres, en lenguaje tierno,
el adiós dar postrero a su besana.
Yo vi a toda mujer –joven o anciana-
llorando, en fuerza de calor materno,
protestar y jurar amor eterno
a su iglesia, a su vida, a su fontana…
Yo los vi caminando: silenciosos;
la cabeza doblada, tardo el paso
y, por el llanto, con los ojos ciegos…
Y si al marchar, sonaba por acaso
algún nombre en sus labios temblorosos,
sólo pude escuchar el tuyo, “Oliegos”.